M.E. 3: Al Ritmo de las Mareas I



Es de sobra conocido por los simples mortales, que los dioses son veleidosos en gustos y ánimos. No es inmune a este estigma el primogénito de los hijos de Cronos, el Olímpico sucesor de los Viejos del Mar. Aunque regente benévolo con los que honran su culto y oyente compasivo de los ruegos por las almas de los muertos, el terrible dios gobierna las aguas a golpe de tridente y su temperamento se inflama al ritmo de las mareas. No tardan en apelarle «El que quiebra la tierra» y «Señor de las tormentas». Tiemblan entonces humanos e inmortales y no son muchos los que se atreven a enfrentarle en esas horas sombrías.
El profeta Nereo hace uso de su don y envía a sus cincuenta hijas a distraer el adusto semblante del supremo en toda la extensión del mar salado. Las bellas ninfas inundan el palacio submarino y se mueven al ritmo impuesto por el tronar del choque de corrientes. No tardan los lisos cuerpos femeninos en llamar la atención del gobernante y su rugido, como mil cascos de caballo golpeando en un galope furioso, poco a poco se desvanece en las oscuras profundidades.
Y es que Posidón, además de divino es varón, y no está a salvo de los placeres que Afrodita promete con el deseo. Y las nereidas, además de inmortales son mujeres, guardianas de los secretos de la diosa del amor.
Las Nereidas, Gaston Bussiere
Incluso en la torpeza del comienzo, su baile es objeto de alabanza. Más calmadas, tras la pausa de los truenos, las ninfas se mueven con la gracia de sirenas. Ondulan sus caderas y sacuden sus miembros, aquellas que no han elegido la cola del pez. Éstas giran en piruetas imposibles, se toman de las manos y forman círculos entorno a sus hermanas. Aquellas se impulsan con piernas firmes, deslizándose bajo el agua con brazadas sinuosas. O caminando sobre el mármol con las puntas de sus pies.
No hay pudor en lo más hondo del océano y la que cubre su cuerpo lo hace con afán de provocar. Las sedas recogidas de naufragios se adhieren a las curvas temblorosas, sin ocultar de la vista lo que, en un instante, todos ambicionan. Los ojos que pueblan las aguas, se abaten sobre la danza desenfrenada. El señor de las mareas permite a sus sentidos evadirse del regio oficio, pero sólo una atrae la atención de sus pupilas.
Nereo, que ha vaticinado éste fin, se aparta, impotente y resignado a la suerte de su hija. Mientras el dios se deleita con la fría piel de alabastro de la elegida.
Ajena a la expectación que sus movimientos despiertan, Anfítrite danza a un son que ella sola parece conocer. Apartada de la algarabía que provocan sus hermanas, da vueltas alrededor de las columnas del Ege[1]. Ninguna gasa cubre su cuerpo, pero ciñe sus caderas con un cinturón de flores marinas. Es su cabello platinado el que forma un velo esquivo. Ora oculta su torso desnudo, ora deja entrever la erección de sus pezones coralinos. Gira sobre sí misma y las guedejas envuelven su dermis; el roce continuado, le hace desear las caricias de un amante.
No imagina quién ansía ese puesto con una necesidad desgarradora. Ni siquiera se supone merecedora de atenciones semejantes. Un escalofrío en su columna le advierte que es objeto de ardientes miradas. Pero ya es tarde. Posidón ha descubierto la hendedura que mostraba entre patadas, ha vislumbrado la tersura oculta bajo los tentáculos de las anémonas. Y se cierne sobre la nereida con intenciones nada honrosas.
La carne enfebrecida se yergue en busca de cobijo y es su parte más húmeda y rosada en la que quiere hundirse hasta la culminación. Las poderosas manos se cierran en los lozanos senos y Anfítrite no evita el gemido que brota de su pecho. Alza las caderas, rozando con las nalgas el vientre del dios. La primera semilla de Posidón se diluye en el agua que los rodea. Busca ansioso la entrada al cuerpo de la joven y el glande entumecido se cuela entre los estrechos pliegues de la doncella.
Anfítrite despierta entonces del letargo que sus manos le provocan y se escurre de sus brazos en una huída frenética.
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1- Palacio submarino de Posidón cerca de Egeien Eubea

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